Las naciones pobres, como Mauritania, han vendido el acceso a su zona pesquera exclusiva a naciones europeas y asiáticas, que han agotado de especies marinas sus aguas. Como resultado, los pequeños pescadores, como Samba, deben competir con los enormes barcos de España, Rusia y China. En la actualidad, por lo menos 340 embarcaciones extranjeras tienen licencia para pescar en las aguas territoriales de Mauritania.

Los países ricos subsidian su pesca comercial al ritmo de cerca de 30,000 millones de dólares anuales. Su objetivo es mantener a sus pescadores en el agua. Por ejemplo, China proporciona 2,000 millones de dólares anuales en subsidios al combustible; la Unión Europea y sus países miembros proporcionaron 7,000 millones de dólares anuales también en subsidios. Esta política aumenta el número de barcos que trabajan, aumenta la pesca global y, por ende, reduce los precios del pescado. Eso dificulta aún más que los pescadores de naciones pobres, como Mauritania, que no reciben subsidios, compitan de manera leal.

El resultado final: las aguas africanas pierden sus reservas pesqueras de manera acelerada, con consecuencias tanto para las economías de las naciones costeras africanas, como para la ecología oceánica del mundo. Durante las últimas tres décadas, la cantidad de peces existentes en las aguas de África Occidental ha caído hasta 50%, de acuerdo con Daniel Pauly, investigador de University of British Columbia.

En las costas africanas, miles de pescadores se han quedado sin empleo. Algunos han empleado los barcos para tratar de emigrar ilegalmente a Europa. El efecto económico va más allá de los pescadores. Afecta hasta las mujeres que venden pescado en los mercados de las comunidades costeras.

Los cambiantes patrones en las dietas globales tienen también parte de culpa. El auge mundial del consumo de pescados y mariscos ha llevado la producción global de la industria pesquera hasta niveles récord. Esta industria creció hasta 71,500 millones de dólares en 2004, casi 25% más que con respecto a 2000, de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por sus siglas en inglés). “Hay demasiados barcos tratando de capturar muy pocos peces”, dijo Grímur Valdimarsson, director de la división de pesquerías de la FAO.

Los funcionarios de la Unión Europea y otros beneficiarios de los acuerdos de cesión de derechos de pesca aducen que el verdadero problema es que los pescadores locales no están regulados. Trabajan muy cerca de la costa, donde a los peces les gusta desovar. Asimismo, los funcionarios de la Unión también sostienen que los países en desarrollo son pésimos administradores de sus propias reservas pesqueras.

Hace unas décadas, cuando escaseaban los peces de la costa de un país, los pescadores comerciales sencillamente se iban a pescar a otra parte. Hasta la década de 1970, las embarcaciones de países con grandes industrias pesqueras, como España, Gran Bretaña y Japón, simplemente pescaban en donde querían.

Islandia y Noruega, dos naciones especialmente afectadas por esta práctica, encabezaron un movimiento internacional para lograr que los gobiernos tuvieran el derecho de restringir la pesca en sus aguas costeras. En 1982, los países miembros de Naciones Unidas firmaron un tratado que les dio el poder de restringir la pesca en los 370 kilómetros más próximos a sus costas. Ahora, los buques extranjeros tienen que obtener permiso antes de pescar dentro de esa área costera.

Las naciones africanas empezaron a vender su acceso pesquero a otros gobiernos y a empresas. La mayoría de estos países africanos no tenían grandes industrias pesqueras comerciales que proteger. Al principio, los pescadores locales trabajaban cerca de la costa y no se daban cuenta. Había poca supervisión o administración de las reservas pesqueras. Durante años, los acuerdos parecieron tener sentido práctico. El mundo rico obtenía pescado económico, y los gobiernos pobres dinero.

Debido a que las reservas pesqueras europeas han descendido de manera dramática, la Unión Europea, cuyos países miembros representan casi 85,000 embarcaciones pesqueras, necesitaban encontrar nuevos horizontes pesqueros. Serafín Fernández, director ejecutivo de la empresa dueña del Segundo San Rafael, un navío español de 30 metros de eslora que captura pulpo en Mauritania, dijo que los crecientes costos del combustible y la competencia china, que trabaja con costos muy bajos, merman las ganancias, lo que aumenta la presión para encontrar aguas donde los peces sean más abundantes.

La Unión Europea ha firmado acuerdos con más de una docena de países africanos, desde Angola hasta Mozambique. Pagar por tener acceso a aguas extranjeras es vital “para preservar la vitalidad económica de nuestra industria”, dijo José Ramón Fuertes Gamundi, presidente de Anacef, asociación de empresas españolas que pescan en aguas africanas.

China, Rusia, Ucrania y otras naciones también han firmado acuerdos con Mauritania, a veces pagando con equipo militar. Estados Unidos ha firmado varios acuerdos para pescar atún del Pacífico con naciones isleñas como Micronesia.

Algunos gobiernos han cambiado de parecer sobre si estos acuerdos tienen sentido a largo plazo. Senegal, que solía lanzar automóviles viejos en el océano para crear arrecifes artificiales con el fin de atraer peces, canceló el año pasado su contrato con la Unión Europea, en un esfuerzo por preservar sus reservas pesqueras para sus propios pescadores. Marruecos suspendió su acuerdo pesquero con la Unión Europea en 2001 por la misma razón. El año pasado renovó el acuerdo, pero redujo el número de embarcaciones pesqueras permitidas en sus aguas costeras.

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